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Nintendo Switch es mi gadget favorito de 2017


Su gran triunfo es que tiene grandes juegos y que no compite con el resto de consolas: va a su bola y lo hace bien

Nintendo pasó de no ser relevante con su anterior consola a casi repetir el éxito de Wii con su consola de este año

Es posible que, en la mañana de hoy, muchos niños se despierten con una Nintendo Switch debajo del árbol de Navidad. Si Papel Noel es generoso, tendrá un juego o dos también a su lado. Y pensando en esta posibilidad, no puedo sino homenajear al cacharro que más tiempo me ha hecho gastar y que más alegrías me ha dado en 2017.

En un año en el que el iPhone se ha reinventado bastante, en el que Samsung ha lanzado unos teléfonos preciosos y en el que hay otros muchos dispositivos interesantes a destacar, yo me quedo con esta consola por una sencilla lección que ha dado a todos los fabricantes de tecnología. A veces, competir no es la solución, es mejor pensar en paralelo y lanzarse en otra dirección.

Nintendo lleva años haciendo esto, con mayor o menos éxito. En un momento en el que Sony iba a lanzar su PlayStation 3, la esperada heredera de la exitosa PlayStation 2; y en el que Microsoft había demostrado que podía competir, y de qué manera, con Xbox 360 en el mercado de las consolas domésticas, Nintendo lanzó Wii. Y creo que todos recordamos la euforia con este cacharro. Hasta quienes no habían tocado una consola en su vida querían una.

Esto hizo que Nintendo vendiera consolas a toneladas, y no porque fuera más potente (no lo era, ni de lejos) o porque costara más barata (que sí lo era, pero tampoco tanto con respecto a Xbox 360): su concepto era sencillo de entender y se jugaba diferente. No hacía falta un mando. Con Wii U, la heredera, Nintendo fracasó estrepitosamente. Intentaron reinventarse de nuevo con un producto difícil de entender y a medio cocer, que además era caro y que tampoco tenía la potencia de sus competidoras.

Este fracaso fue necesario para que Switch naciera como lo que es: un producto complejísimo que se puede explicar con un gesto. Y así lo hicieron con el primer vídeo introductorio del producto: los mandos se ponían y se quitaban, y del mismo modo, se podía poner y quitar la consola de una base para jugar en una tele o para jugar como consola portátil, como si fuera una Game Boy.

Y así me he pasado el año, usándola en el sofá mientras mi pareja ve algo que no me interesa en la tele y poniéndola en grande cuando quería jugar a algo más en serio. Es una tecnología estúpida, pero efectiva y que nadie más ha implementado con éxito.

A esto hay que sumar que Nintendo ha mimado mucho el primer año de lanzamientos: hay habido un gran Zelda y también un Mario, entre los cuales se ha lanzado Splatoon 2 (todo un fenómeno en Japón y, relativamente, en el resto de el mundo), ha recuperado Mario Kart 8 de su fallida Wii U y, en resumen, cada mes ha tenido un gran lanzamiento para que los jugadores no reprocharan a la consola lo que siempre se le puede reprochar a Nintendo: hacen buenos juegos, pero sus consolas nunca tienen los títulos de terceras empresas más importantes (como un Call of Duty o un Assassin’s Creed).

Nintendo Switch no es perfecta, porque Nintendo suele dar palos de ciego en muchos apartados. No hay una gran infraestructura online, no hay muchas opciones para crear comunidades de jugadores, los juegos que compras en digital en ella están ligados a la consola (si le pierdes…) y muchos otros defectos.

Y aún así, no puedo parar de pensar en que es un concepto de videoconsola que quiero que se extienda a su competencia. Switch ha hecho que quiera una PlayStation 4 y una Xbox One portátiles. Cuando juego a estas consolas, pienso mucho en lo que me gustaría tener la opción de llevármelas de viaje tanto como pienso que ojalá el nuevo Assassin’s Creed estuviera en Switch. De momento, me conformo con jugar al FIFA 18 y a Skyrim, que no es poco.